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En "La vida brava" la escritora Helena Corbellini recrea la pasional y tormentosa vida afectiva del magistral narrador uruguayo Horacio Quiroga, en una documentada obra que transita sus dolores, sus culpas y sus pérdidas irreparables, sin soslayar los claroscuros de una personalidad sin dudas controvertida.
Nacido en Salto en 1878 y fallecido en Buenos Aires en 1937, Horacio Quiroga fue una de las plumas referentes de la literatura nacional y latinoamericana, cuya maestría narrativa alcanzó un justificado reconocimiento y admiración incluso fuera de fronteras.
Su turbulenta vida, que tuvo naturalmente una visible influencia en su deslumbrante obra, estuvo prematuramente signada por la tragedia y la pérdida irreparable.
Padeció prematuramente la muerte accidental de su padre, el suicidio de su padrastro y la autoeliminación de su primera esposa, que asumió con justificada culpa.
El propio narrador se suicidó mediante la ingestión de cianuro, para terminar con el sufrimiento provocado por la grave enfermedad terminal que padecía.
Como si se tratara de una fatalista herencia genética que trascendió en el tiempo al escritor, también se quitaron la vida Eglé, su hija mayor, y su hijo Darío.
La historia de Horacio Quiroga fue una síntesis entre Eros y Tánatos, fruto de una existencia pasional y desenfrenada que desafió las convenciones de su época.
En esta reveladora obra Helena Corbellini penetra la intimidad del itinerario afectivo del autor, a través del testimonio de María Helena Bravo, la mujer que compartió los últimos años de uno de los mejores cuentistas americanos de todos los tiempos.
Asumiendo que el itinerario existencial de Quiroga es en sí mismo una valiosa materia literaria, la autora se interna en los entretelones de su cotidianeidad.
Transformando a la última esposa en narradora y testigo privilegiado, el relato es un elocuente retrato del Horacio Quiroga hombre, más allá del mito o el genio literario.
Sin emitir inoportunos juicios de valor, Corbellini "desnuda" a sus personajes, en un discurrir que sabe capturar los momentos cruciales de una relación tan controvertida como todos los amores del gran Quiroga.
Desestimando de plano la posibilidad de transformar a la joven María Helena Bravo en víctima, la narradora asume el desafío de reconstruir una historia de encuentros y desencuentros.
Situando al lector en el Buenos Aires de comienzos del siglo pasado, la narración reconstruye minuciosamente las circunstancias en las que el escritor conoció a su futura esposa, que era compañera de estudios y amiga de su hija.
La narradora explica los conflictos derivados del inusual romance entre un hombre de casi cincuenta años de edad y una joven de apenas veinte, que generó la férrea resistencia de sus padres.
El relato confirma el reconocido espíritu transgresor del escritor, quien, desafiando a todo y a todos, transformó inicialmente a la mujer en su amante.
Los clandestinos encuentros entre ambos fueron cimentando una relación que se fortaleció en la adversidad y la intemperie de la incomprensión, hasta culminar en matrimonio.
A través del complejo periplo afectivo de una pareja que maduró su amor contra viento y marea, Helena Corbellini ensaya una aguda mirada a las costumbres de la época, signadas por la doble moral, la pacatería y la hipocresía.
En ese contexto, la autora no omite detalles que puedan resultar relevantes a su propósito de retratar con particular rigor y elocuencia a una sociedad bonaerense con mucho de provinciana y de intolerante.
No obstante, sin afirmarlo explícitamente, Corbellini sugiere que el propio autoritarismo que condenó a los amantes a la crítica mordaz pero soterrada por su acto de osadía, también era una característica de la personalidad del célebre cuentista.
En este relato, que recoge las memorias de la joven esposa, Horacio Quiroga es presentado como un hombre dominante, egoísta, patológicamente celoso y de carácter irritable.
Su inconmovible voluntad lo transformó en árbitro del destino de sus dos hijos mayores, quienes solían someterse a sus mandatos renunciando incluso a su propia autodeterminación.
Esta es quizá la faceta más contradictoria del polémico personaje, quien negaba a los seres que amaba la libertad de la cual él siempre gozó con creces.
Intercalando el presente con el pasado, Helena Corbellini redescubre un itinerario signado por la permanente controversia, impronta que recorrió toda la vida afectiva del inolvidable autor.
Ensayando una minuciosa síntesis de amores correspondidos y a menudo desgraciados, la autora evoca a otras mujeres que desvelaron el corazón del emblemático escritor.
En ese contexto, Corbellini recuerda a Ana María Cires, la primera esposa, que se suicidó; la poeta Alfonsina Storni, quien fue su única amiga, la joven Ana María Palacios y la adolescente María Esther Jurkowski.
Cada nombre femenino que aflora en el horizonte literario del libro es a su vez una historia de pasiones lujuriosas y desenfrenadas, poblada de conflictos y agrias controversias.
En esas circunstancias, esta novela biográfica contiene intrínsecamente varias novelas reales, que representan cruciales fragmentos de una existencia siempre situada en el ojo de la tormenta.
Asumiendo la necesidad de explorar la vida del escritor con mayor minuciosidad, Corbellini reconstruye también algunos aspectos de la vida social bonaerense de la década del veinte del siglo pasado.
En cierta medida, más allá de las críticas que motivaban sus actitudes claramente desafiantes, la obra confirma que Horacio Quiroga era igualmente tolerado y valorado por su extraordinario talento y prestigio artístico. Otro detalle no menos relevante es que ocupaba un cargo diplomático en representación de Uruguay.
La recreación de los ambientes de la intelectualidad de la época constituye una imagen vívidamente testimonial de las costumbres, los hábitos y hasta de las manías de las elites vernáculas.
Asimismo, la obra es también un elocuente espejo de la conflictiva coyuntura de la década del treinta, caracterizada por el autoritarismo, la violencia y hasta la intolerancia.
Incluso, la propia circunstancia de que Horacio Quiroga se haya relacionado con algunas personalidades de fuerte compromiso ideológico, amplifica considerablemente la dimensión histórica que adquiere el relato.
La recreación de las frecuentes estadías del famoso escritor en la selva de Misiones recupera en muy buena medida los paisajes y los espacios ambientales que constituyeron el núcleo inspirador de su producción literaria.
Esa naturaleza en estado casi virgen y virtualmente incontaminado por la civilización, fue la materia prima vertebral de sus tribulaciones, sus obsesiones y su genial veta creativa.
No obstante, el tórrido terror rural que recorre muchos de sus relatos, abreva no sólo de esas escenografías, sino también de su propio espíritu salvaje, emancipado y transgresor.
El amor, la locura y la muerte aludidos en su más emblemática y exitosa colección de cuentos, son tres conceptos intrínsecos a su propia peripecia existencial.
La recreación de las cruciales vivencias de Quiroga que son condensadas en este libro, confirma la indudable identidad entre la vida y la obra del extraordinario narrador.
Pocas veces un escritor retrató tan elocuentemente sus pasiones, temores y obsesiones como Horacio Quiroga, la mayoría de cuyos personajes de ficción era una suerte de alter ego de su creador.
"La vida brava" es un biográfico minucioso y documentado, que excede claramente el propósito de recrear la vida afectiva de una personalidad sin dudas excepcional.
Más allá de que el mayor foco de atención reposa en la figura del controvertido cuentista, la novela otorga igualmente un singular protagonismo a María Helena Bravo y a otros afectos del insigne escritor.
Helena Corbellini también ensaya una aguda y escrutadora mirada a las costumbres de una época, analizando sus conductas, sus prejuicios, su intolerancia y su exasperante doble moral.
La obra tampoco soslaya los conflictos políticos, los desbordes autoritarios, los compromisos éticos y la actividad de los fermentales movimientos literarios.
"La vida brava" es una reveladora y hasta descarnada radiografía de una personalidad referente de nuestra cultura, cuya vida transcurrió entre la pasión más exacerbada, el amor y la tragedia. *
María Helena Bravo, una mujer apasionada, transgresora, bellísima, se enamora perdidamente del escritor Horacio Quiroga. Se casan cuando ella aún no había cumplido los veinte años y él rondaba los cincuenta. Sus memorias son un retrato minucioso dé una cotidianidad -signada por la avaricia de Quiroga, su carácter egoísta y dominante, los celos, lujuria e irritabilidad y su aspecto desaliñado...
La autora recrea la vida afectiva de un grande de la literatura, con una existencia plena de amores correspondidos y/o desgraciados: Ana María Cires, su primera esposa, cuyo suicidio deja una huella de dolor misterioso; su única amiga mujer, la poeta Alfonsina Storni; la jovencita Ana María Palacios; la adolescente María Esther Jurkowski, quien lo inspiró para escribir el cuento "Una estación de amor".
NOTA RELACIONADA:
La vida y la personalidad de Horacio Quiroga merecen figurar, probablemente, entre los pocos materiales capaces de competir con su literaria imaginación y con la crudeza de sus cuentos. Por eso no importa cuántas veces se vuelva a su retrato, a las cartas perdidas o a la intención biográfica: hay promesa de asombro y espanto siempre. Allí regresa entonces, con este libro, la autora uruguaya, Helena Corbellini. Y la originalidad con la que recorre camino tan conocido reside en que habla por boca de María Bravo, la última esposa, el último amor del escritor.
La autora reitera y condensa, luego de un extenso trabajo documental, las anécdotas sabidas, las citas de amigos y detractores, lo que dicen las fotos, los documentos, los biógrafos. Figura aquí, por supuesto, el posible amor con Alfonsina que incluye furtivo beso en los labios, la colección de animales salvajes que le dieron fama de loco en Misiones, su pasión por las motocicletas, su relación con el campo intelectual argentino, la debilidad por las chicas jóvenes. Pero aquí todo esto está contado por una voz recreada, la de María Bravo, la que aceptó vivir con él en Misiones, la que regresó cuando la vida se hizo intolerable, la que deseó a otros hombres, la mujer con que discutió fuertemente en el hospital antes de suicidarse. Una de las pocas integrantes del clan Quiroga que no se dejaron atrapar por el imán trágico que conocemos y que, en parte por eso, no ha merecido mayor atención.
Aunque lo que se cuenta aquí es la vida de él, estas memorias ficcionales dan la ilusión de estar conociéndola a ella. Y ella reflexiona sobre el lugar de la mujer, se muestra consciente y activa frente a actitudes sexistas, liberal y liberada, y aunque poco instruida, parece tener una conciencia de género envidiable, incluso en mujeres de la actualidad. Tal vez así lo fuera. Pero algo hace sospechar que como en el caso de la superaggiornada Inés del alma mía de Isabel Allende, en la buena intención de construir mujeres interesantes, se tergiversa y oculta una visión de mundo que ha formado parte y causa del sometimiento de tantos años. En fin, en tren de suponer, se puede aventurar que seguramente a María Bravo no le gustaría mucho que esta novela, que gira sobre su relación con el escritor, se anunciara engañosamente en la tapa como “Los amores de Horacio Quiroga”.
Fte: Página12
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El psicoanálisis emerge históricamente en el punto en que la práctica médica encuentra su límite. En una realidad cultural signada por la represión y la tradición positivista fue necesario que Freud tropezara con serios obstáculos y que haya sabido no descuidarlos, para que se autorizara a apartarse del discurso dominante. No sólo las histerias asomaban como obstáculo en aquellos primeros pasos del camino abierto por Freud, su relación con la cocaína también constituyó un atolladero que logró sortear produciendo incluso una ruptura con el saber médico en momentos en que a través de destacadas labores investigativas como neurólogo aspiraba a alcanzar un renombre dentro de la comunidad científica. [1]
Suele decirse que la falta de escritos específicos sobre las toxicomanías en la obra freudiana constituye una especie de punto ciego vinculado con su propia potencialidad adictiva , o más aún, que su affaire con la cocaína en los años 1880, habría bloqueado la elaboración teórica sobre este particular. Esta explicación, si bien introduce una disyunción entre droga y palabra que no deja de ser interesante, es rebatible en lo que a adicicción se referiere, si se considera que Freud alcanzó la edad avanzada en admirables condiciones de agilidad y lucidez mental.
El 30 de abril de 1884, con tres años en la profesion de médico, Freud comienza a experimentar - sobre sí mismo, sobre Martha y sobre otros – los efectos de la cocaína. Habiendo leído los experimentos de Aschenbrandt sobre la administración de droga a soldados en maniobras con el fin de combatir la fatiga, intentará averiguar por qué vía la cocaína podía aliviar la angustia y la depresión. La carta del 21 de abril de 1884 en la que anoticia a Martha sobre "un proyecto terapéutico y de esperanza" es el primer antecedente sobre el asunto: "He leído últimamente algunas cosas sobre la cocaína, el ingrediente activo de las hojas de coca que algunas tribus de indios mastican a fin de aumentar su resistencia al hambre y la fatiga. Un alemán (se refiere a Aschenbrandt, 1883) ha probado este producto con algunos soldados y afirma que efectivamente sirve para hacerles más fuertes y resistentes. Ahora he hecho un pedido y por razones evidentes voy a probarlo en casos de enfermedades cardíacas y después de agotamiento nervioso, sobre todo en el terrible estado que se produce cuando deja de tomarse morfina (como en el caso del Dr. Fleischel)" .
Sus experimentos prometedores lo llevan a escribir Uber coca, un artículo que sienta precedentes en los anales de la investigación científica porque introduce la cocaína en la medicina y satisface en todos los sentidos las exigencias que incumben a este género: descripción botánica de la planta, datos históricos detallados de su utilización en Perú, recorrido completo de la literatura científica que le había sido consagrada, fórmula química del alcaloide, estudio de los efectos en los animales, repertorio de lo que se sabe de sus efectos en el hombre con aporte de una experimentación original y un análisis argumentado de sus numerosas indicaciones en función de hipótesis que conciernen a las vías y a los modos de acción fisiológica del producto.
Para situar el alcance de Über Coca, sería conveniente dejar de lado lo que hoy evoca el término cocaína y acomodarnos al hecho de que esta no era entonces para nada un producto prohibido. La prohibición data de 1906. En los años 1880, la cocaína gozaba en los Estados Unidos de una inocente preferencia que superaba ampliamente los círculos médicos. El consumo de vinos que contenían coca – los vinos Mariani – era cosa popular. Cuando Albert Niemann [2] logra aislar el principio activo de la materia prima del Vino Mariani, la cocaína se vuelve objeto de una campaña promocional montada por Parke & Davis y otros laboratorios interesados en su distribución mundial. La propaganda emplea lemas similares: "No pierda tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína." La Coca-Cola iba a contener cocaína hasta 1903. La asociación contra la fiebre del heno había adoptado la cocaína como remedio oficial. En suma, el entusiasmo era casi general con respecto a este maravilloso sustento que fortifica el sistema nervioso, ayuda a la digestión, estimula los cuerpos fatigados, calma los dolores y libera de la toxicomanía a aquellos que están enredados en ella. La situación era muy diferente en Europa, donde se hablaba muy poco de la cocaína.
No hay que excluir que el interés suscitado por Über Coca se haya debido al hecho de que se trataba del mejor estudio europeo escrito hasta entonces. Es de notar, además, que el status que reviste nosológicamente la neurosis en sus inicios (1785), conforme con el modelo anátomo-clínico, responda a un modelo "lesional". De allí Allouch infiere que "si el discurso médico en el cual se inscribe se caracteriza por tomar su apoyo sobre el significante-amo de la lesión, la cocaína será ese objeto que en el lugar del Otro, dará consistencia a lo supuesto de esta lesión al ratificar en contrapunto su verdad. De allí que la cocaína no es y no podría ser un medicamento entre otros. Ella encarna, por confirmar la lesión, lo que es necesario designar como lo que es el medicamento. Resulta de ello que su acción no podría ser unívoca pues esta univocidad dejaría lugar a otra acción posible y, entonces, a otro medicamento. Über Coca marca esta posición eminente."
Por lo demás, el artículo muestra un tono de entusiasmo que Bernfeld no deja de destacar: Freud escribe por ejemplo acerca de un “don” (Gabe) de cocaína allí donde hubiese debido hablar, en términos científicos, de una dosis. Bernfeld extrae de ello, con razón, la conclusión de que ese texto está atravesado por una “corriente subyacente muy persuasiva”. Freud le escribe a Martha y habla allí de su texto como de un “cántico a la gloria de la cocaína”, confirmando así lo que le decía el 25 de Mayo cuando acababa de curar con coca a un enfermo afectado de un catarro gástrico: “Si todo va bien, escribiré sobre esto un artículo y espero que la cocaína se colocará al lado y por encima de la morfina. Ella hace nacer en mí otras esperanzas y otros proyectos. La tomo regularmente en muy pequeñas dosis para combatir la depresión y la mala digestión y esto con el más brillante éxito. Espero lograr suprimir los vómitos más tenaces, incluso si son debidos a algún grave padecimiento; en resumen, sólo ahora me siento médico pues he podido acudir en ayuda de un enfermo y espero socorrer a otros.”
Jean-Luis Brau en su Historia de las drogas, refiere que el amor tuvo la culpa de que el fundador del psicoanálisis no fuese el primero en descubrir las propiedades anestésicas de la cocaína. Se refiere al hecho de que cuando Freud decide emprender sus dos investigaciones paralelas: sobre los efectos anestésicos y como posible cura para la adicción de los morfinómanos, su novia, que residía en Hamburgo, lo llamó para que acudiese a verla, y Freud encargó a su colega, el doctor Köningstein que continuase sus trabajos, quien a su vez se remitió al doctor Koller para terminar los experimentos. Koller logró utilizar la cocaína como anestésico local y resumió su descubrimiento en una comunicación a la Sociedad Oftalmológica de Alemania el 15 de septiembre de 1884 adquiriendo la posición célebre ante la comunidad científica tan añorada por Freud.
Luego de recetar cocaína en pequeñas dosis como antidepresivo, Freud publica sus Escritos sobre la cocaína donde sugiere seis campos para su aplicación terapéutica: 1) como estimulante, 2) para trastornos gástricos, 3) para la caquexia (pérdida de fuerzas y reservas alimenticias), 4) para curar a morfinómanos y alcohólicos, 5) en aplicaciones locales, y 6) como afrodisiaco.
Pero el pharmakon [3] reveló rápidamente su cara diabólica. Fleischl, su muy admirado colega, quien tomaba morfina para luchar contra los dolores causados por la amputación de un dedo de la mano, sucumbirá lentamente a los efectos de la cocaína recetada por Freud. Fleisch murió adicto a esta última. Freud cargó con esa muerte llevándola como acusaciones de su Superyó durante largo tiempo, como lo testimonió el sueño de “La inyección de Irma”. Este trágico desenlace ha sido tal vez una de las razones más poderosas que empujaron a Freud a insistir en el tratamiento por la palabra, descreyendo de los fármacos que asomaban entonces. Pues si, como señala Pierre Eyguesier [4], el encuentro de Freud con la cocaína marca "la puerta de entrada para la experiencia psicoanalítica de una manera tan decisiva como el autoanálisis", su ulterior abandono como pharmakon es concomitante al descubrimiento de la dependencia de las producciones histéricas a los hechos de lengua, lo que abrió la posibilidad del paso al tratamiento por la palabra.
En julio de 1885 Erlenmeyer prueba el tratamiento propuesto por Freud, pero observó que aparecían síntomas de estrés físico y mental en los pacientes durante el período de consumo y de abstinencia de este fármaco, que causaban alucinaciones visuales y auditivas, así como un síndrome maníaco agudo. Estos estudios hicieron que Erlenmeyer discutiera la ligereza con la que Sigmund Freud recomendaba el empleo de la droga como tratamiento de deshabituación de la morfina. Cuando Louis Lewin lanza un escandaloso ataque a las opiniones de Freud, que defendían a la cocaína como sustancia incapaz de provocar daño alguno, y se opone a su utilización para el tratamiento de los adictos a la morfina, Erlenmeyer se suma a la embestida y acusa a Freud de haber desatado sobre el mundo "el tercer azote de la humanidad", después del opio y del alcohol .
Desde los inicios de sus investigaciones Freud avizoraba en la cocaína un medio poderoso para aliviar y hasta suprimir sus propios sufrimientos. Desde sus primeras experiencias efectuadas sobre sí mismo, adhiere con entusiasmo a las tesis de Mantegazza, para quien la cocaína resultaba casi universalmente eficaz para mejorar los desórdenes funcionales agrupados bajo el nombre de neurastenia. Freud llamaba así al conjunto de manifestaciones patológicas que por entonces él mismo padecía: estados transitorios de fatiga, apatía, depresión, trastornos digestivos, crisis de ansiedad, síntomas neuróticos que perturbaban principalmente su capacidad de trabajo intelectual.
Dirá Freud: “El efecto psíquico del cloruro de cocaína en dosis de 0.05 a 0.10 gramos consiste en optimismo y una duradera euforia, que no muestra diferencia alguna con la euforia normal de una persona sana. No aparece la sensación de excitacion que acompaña los estímulos producidos por el alcohol. También produce la característica necesidad de emprender inmediatamente alguna actividad, típica del alcohol. Se nota un aumento del control de uno mismo y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar; por otro lado, si uno se pone a trabajar echa de menos ese aumento de la fuerza mental que el alcohol, el té o el café producen. Uno se encuentra sencillamente normal, y pronto le resulta difícil creer que se encuentra bajo los efectos de una droga.” Y: “He comprobado en mí mismo unas doce veces este efecto de la coca, que suprime el hambre, el sueño y la fatiga, y permite acentuar el esfuerzo intelectual.”
La acción de la cocaína se revela benéfica tanto para anestesiar las necesidades fisiológicas y hacer olvidar los dolores, como para despertar y motorizar el rendimiento físico e intelectual. Freud se hacía lenguas de la prodigiosa acción estimulante de la coca: “Todos las opiniones concuerdan en que la euforia despertada por la coca no va seguida de ningún estado de lasitud, de ningún tipo de depresión.”
Fernando Geberovich afirma que: “la cocaína pasó a ser para Freud el antídoto mágico, de un lado para anestesiar todo lo que, de fuente interna o externa, arriesgara ser un obstáculos que lo alejara de sus ideales, y del otro para estimular todo aquello que lo acercaba a ellos; ideales que pueden resumirse en una doble representación: la Naturaleza y sus secretos, Amor y Ciencia, Femenino y Pensamiento. Pero este “protector químico de los ideales” se transformará rápidamente en ídolo todopoderoso, como lo atestigua esta carta a su novia:“¡Ten cuidado, Princesa mía! Cuando vuelva te besaré hasta que quedes toda roja. (...) Este muy conocido pasaje muestra que, cuando el objeto de investigación pasa a ser el objeto en el cuerpo, el remedio se transforma en sustancia mágica a glorificar, y no podemos menos que constatar un fenómeno de erotización del ideal.”
Sobre este punto de coalescencia de lo mágico y de lo científico que Uber Coca deja traslucir, y que ha sido descuidado en la biografía freudiana al punto de reducir la relacion de Freud con la cocaina a un simple episodion – como se verá – , se asienta la tesis que Allouch desarrolla en “Letra por letra” cuando señala que “es por haber escrito su experiencia ligada a la cocaína en términos ligados a las exigencias universitarias, de un discurso científico, que Freud llegó a renunciar a los “beneficios” de esta substancia tan ponderada.”
Mientras Jones relega el asunto a un hecho episódico juvenil y a una falta de espíritu crítico que le impidió dar su verdadero alcance al hecho. Bernfeld asevera que el entusiasmo de Freud por conseguir cierto potenciamiento gracias a la droga no perseguía otro fines que los del trabajo; cuando, en rigor de verdad, en sus cartas a Martha abundan fascinantes metáforas guerreras organizadoras de la relación con su novia y sugerentes alusiones sobre los efectos “mágicos” del fármaco como realizar sin fatiga largos trabajos, mantenerse despierto a controlar el apetito, esto último lo lleva incluso a considerar la posibilidad de prescribirla para evitar los vómitos. Por otra parte, Byck, pródigo en elogios, se afana en presentar a Freud como precursor de la psicofarmacología, en una línea cercana a la de Moreau de Tours como la del experimentador que se toma a sí mismo como cobayo [5]; presentación desatinada [6] considerando que Freud se apartó tempranamente de sus investigaciones farmacológicas.
Con un tono de manifiesta decepción Freud calificará en 1925 a la cocaína como un "allotrion", palabra griega que en los medios científicos de entonces denunciaba peyorativamente la entrada en escena de un objeto extraño al universo de la ciencia. Esta decepción asociada -como pudo entreverse hasta aquí - con la muerte de Fleisch y las duras réplicas de Lewin, Erlenmayer y otros médicos alemanes o anglosajones, no carece de importancia, pues si bien y a pesar de todos sus esfuerzos científicos, Freud no descubre el principio universal de la acción de la cocaína habrá de seguir estudiando con aspiraciones científicas, pero no con las mismas herramientas, los "principios universales" de la subjetividad.
Del obstáculo de la acción de la coca sobre la subjetividad, pasará a dedicarse en Salpêtrière cuando se reuna con Charcot, al obstáculo de la anatomía "contra" la histeria.
[1] Con respecto a los primeros trabajos de investigación realizados por Freud, Ernst Jones señala que el concepto de unidad de células y procesos nerviosos parece haber pertenecido a Freud quien había hecho valiosas aportaciones sobre este tema. Aun así, el nombre de Freud no se menciona entre los numerosos pioneros de la teoría neuronal, como sí ocurrió con Wilhelm His, Auguste Forel y Ramón y Cajal.
[2] Albert Niemann fue el farmaceuta que descubrió la cocaína en forma cristalina.
[3] Pharmakon (lo que cura enferma) popularizado por Derrida, quien lo extrajo de Platón. En la antigüedad, el término pharmacon era utilizado para describir tanto a los medicamentos como a los tóxicos.Pharmacon = remedio y veneno.
[4] En:Freud devint drogman.
[5] Moreau de Tours, alumno de Esquirol, es considerado el padre de la psiquiatría experimental y el iniciador de los estudios sobre las farmacopsicosis; experimentos, estos, que lo llevaron a consumir hachís en su laboratorio. En su obra princeps, Du hachisch et de l'aliénation mentale (Del hachís y de la alienación mental), publicada en 1845, consideraba que los efectos de esa planta constituían "un medio poderoso y único de exploración en materia de patogenia mental".
[6] Puede consultarse el artículo titulado "Maldita cocaína" , publicado por Página 12 el 2/04/2000, que destaca las intenciones políticas que subyacen en Byck al presentar a Freud como precursor de la Psicofarmacología. http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/radar/00-04/00-04-0...>
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[7] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, "Peter Sloterdijk; Experimentos con uno mismo; Abstinencias, drogas y ritual" En Revista Oxigen, Nº 20 Febrero, 2006, (España),UE. http://www.revistaoxigen.com/Menus/articulos/vasquezrocca...
BERNFELD, Siegfried. “Les etudes de Freud sur la cocaine”, en Robert Byck, De la cocaine
BRAU, Jean-Luis. Historia de las drogas. Ed. Bruguera
EYGUESIER, Pierre. Freud devint drogman
GEBEROVICH, Fernando. Un dolor irresistible. Toxicomanía y pulsión de muerte. Ed. Letra Viva.
JONES, Ernst. Vida y obra de Sigmund Freud 1. Ed. Horm
FREUD, Sigmund. Uber coca en Escritos sobre la cocaína. Edit. anagrama
FREUD, Sigmund. Epistolario II. Hyspamerica
[*] Psicoanalista. Licenciada en Psicología. Universidad de Buenos Aires. Editora Asociada de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net. Directora de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires http://www.psikeba.com.ar/. Coordinadora de Arès Atención Psicológica: http://www.arespsi.com.ar.
E-mail: rosak@speedy.com.ar
08:45 Anotado en Autores, Biografías, Ensayos, Figuras, General, Psicoanálisis, Publicaciones - Revistas, Vidas | Permalink | Comentarios (2) | Email esto | Tags: redu, cocaina, blogs en español, psikeba
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Tzara trazará palabras al azar, las lanzará a la marchanta, chantará a la masa la gran palabra, DADA: palabra santa, vaca sagrada, papá, mamá, nada, azar. Tzara trazará la raya, atrasará hasta la nada, hará tabla rasa, arrasará, arrancará la máscara a las palabras, hablará pavadas para callar, para hallar la máscara tras la máscara. Zar ácrata, Satán, Tarzán, Adán, Nada, Tzara llamará a Arp, a Ball, para armar DADA. DADA dará la alarma, las armas para matar a la Parca, para acabar la "farsa barata", para zafar - saltar la valla, sacar las trabas, dar batalla a las palabras hasta hallar la gran palabra: DADA.
El método de las "aproximaciones insólitas" de los surrealistas nos permite hacer una asociación libre con un libro que no tiene nada que ver con la literatura, por lo que tiene todo que ver con el surrealismo: Tzara es Sara T., alcohólica, drogadicta y prostituta a los doce años. Su historia es aproximadamente la que sigue:
Sara era una niña precoz que jugaba al ajedrez y soñaba con vivir nuevas y excitantes experiencias, así que huyó de su casa y pronto aprendió otros juegos, liberando sus deseos infantiles bajo la anárquica tutoría de DADA, padre putativo de otras niñas como ella, que destruyó todas las reglas de su anterior vida burguesa. Luego, aburrida de sus alegres aventuras adolescentes en el cabaret, viajó a París, donde conoció a las ex DADA Breton, Aragon, y Soupalt, y supo de su proyecto de hacer la Revolución Surrealista, a la que se unió inconscientemente. Entonces, dejó de reírse de la psicología y se enamoró del inconsciente de Freud, que daba categoría científica a sus experiencias. Pero cuando el surrealismo dejó de ser revolucionario para ponerse Al Servicio de la Revolución, Sara dejó el surrealismo, al ser-vicio de la revolución. Pero cuando la revolución dejó de ser revolucionaria, su re-evolución la llevó a volver primero al surrealismo, pero éste ya había dejado de ser surrealista, y después al punto de partida: la partida de ajedrez, el juego originario en cuyas casillas Sara terminó encerrándose, en un movimiento de revolución, "viaje circular por la Luna y por el color", consistente en regresar a la primera movida, a cero, al principio revolucionario, estado ideal para la revolución, concebida por Sara como la experiencia artística y vital definitiva, el fin al que el hombre siempre tratará de aproximarse.
06:00 Anotado en Autores, Literatura, Vanguardias, Vidas | Permalink | Comentarios (1) | Email esto | Tags: tzara, DADA, vanguardias
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a pisar sobre los calendarios
a contar los días con dedos de yeso
a buscar algún bar acogedor.
A mirar de costado
a perfumarse
a anillar sensaciones
y a encuadernarlas,
como tibios recuerdos volver
siempre volver.
04:50 Anotado en Actualidad, Arte, Autores, Blogs, Eventos, Figuras, General, Music, Noticias, Poemas y prosas, Posmodernidad, Psicoanálisis, Publicaciones - Revistas, Sociedad, Vanguardias, Vidas, Web | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: musica, music, jo, jose-mendez, violonchelo, chelo, guitarra
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