20/04/07

Tristan Tzara. El hombre aproximativo

 

 

Primera aproximación
El hombre, un poeta rumano en el exilio que responde al nombre de Sami Rosenstock, juega al ajedrez, metáfora de la guerra que no es ninguna metáfora, en 1916, en una calle de Zurich llamada Spielgasse (calle del juego), con otro hombre, un refugiado político ruso, Vladimir Illich Ilianov. En realidad, además de jugar al ajedrez, juego rigurosamente racional y estético, los dos hombres se están preparando para otro juego, acaso menos racional y menos estético pero no menos riguroso, la revolución, el segundo hombre: Lenin, hará la revolución política, a partir del año siguiente, en Rusia, y el primer hombre, Tristan Tzara, la revolución poética, ese mismo año, en el Cabaret Voltaire, en el número 1 de la calle del juego.



Segunda aproximación

Tzara trazará palabras al azar, las lanzará a la marchanta, chantará a la masa la gran palabra, DADA: palabra santa, vaca sagrada, papá, mamá, nada, azar. Tzara trazará la raya, atrasará hasta la nada, hará tabla rasa, arrasará, arrancará la máscara a las palabras, hablará pavadas para callar,  para hallar la máscara tras la máscara. Zar ácrata, Satán, Tarzán, Adán, Nada, Tzara llamará a Arp, a Ball, para armar DADA. DADA dará la alarma, las armas para matar a la Parca, para acabar la "farsa barata", para zafar - saltar la valla, sacar las trabas, dar batalla a las palabras hasta hallar la gran palabra: DADA.

 

Tercera aproximación
La aproximación fue inventada por los impresionistas, escribe Tzara en el Manifiesto DADA 1918, refiriéndose tal vez al modo en que estos trataban de aproximarse al objeto en su realidad profunda mediante la destrucción sistemática de su superficie y, al mismo tiempo, a su propio método de aproximación, desde una pensamiento excéntrico, al centro del hombre, destruyendo su subjetividad en forma asistemática, hasta llegar a configurar El hombre aproximativo. Tal es el título del libro que más se aproxima a este principio constructivo - y, a la vez destructivo -, obra de una complejidad estructural y un rigor estético casi ajedrecísticos, un juego infinito de repeticiones y diferencias, de correspondencias baudelaireanas o de variaciones sobre un mismo tema: la aproximación al hombre a través de la palabra, de la palabra "aproximación", un término que lo acompañó desde el principio y terminó dando título a uno de sus últimos poemas. Así es como Tzara se aproxima al hombre, él es el hombre aproximativo de su poesía aproximativa, próxima en el sentido de cercana al hombre, prójima y próxima en el sentido de lo porvenir. Por eso, en lo porvenir, Tzara abandonará el juego de la vanguardia y volverá al ajedrez y al comunismo, el común ismo de todas sus revoluciones alrededor de sí mismo y del concepto de aproximación, en torno al cual construirá, como una suerte de espiral genealógica, su tradición vanguardista.

 

Última aproximación

El método de las "aproximaciones insólitas" de los surrealistas nos permite hacer una asociación libre con un libro que no tiene nada que ver con la literatura, por lo que tiene todo que ver con el surrealismo: Tzara es Sara T., alcohólica, drogadicta y prostituta a los doce años. Su historia es aproximadamente la que sigue:
Sara era una niña precoz que jugaba al ajedrez y soñaba con vivir nuevas y excitantes experiencias, así que huyó de su casa y pronto aprendió otros juegos, liberando sus deseos infantiles bajo la anárquica tutoría de DADA, padre putativo de otras niñas como ella, que destruyó todas las reglas de su anterior vida burguesa. Luego, aburrida de sus alegres aventuras adolescentes en el cabaret, viajó a París, donde conoció a las ex DADA Breton, Aragon, y Soupalt, y supo de su proyecto de hacer la Revolución Surrealista, a la que se unió inconscientemente. Entonces, dejó de reírse de la psicología y se enamoró del inconsciente de Freud, que daba categoría científica a sus experiencias. Pero cuando el surrealismo dejó de ser revolucionario para ponerse Al Servicio de la Revolución, Sara dejó el surrealismo, al ser-vicio de la revolución. Pero cuando la revolución dejó de ser revolucionaria, su re-evolución la llevó a volver primero al surrealismo, pero éste ya había dejado de ser surrealista, y después al punto de partida: la partida de ajedrez, el juego originario en cuyas casillas Sara terminó encerrándose, en un movimiento de revolución, "viaje circular por la Luna y por el color", consistente en regresar a la primera movida, a cero, al principio revolucionario, estado ideal para la revolución, concebida por Sara como la experiencia artística y vital definitiva, el fin al que el hombre siempre tratará de aproximarse.  

 
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