
En Internet, el tráfico por chat y por e–mail es la vía regia para los encuentros amorosos virtuales. Esto, como la gran aceptación de distintas variantes de la pornografía, lleva hacia algunas reflexiones: ¿estamos ante un nuevo “destape sexual”, una avalancha de propuestas que avanzan hacia una sociedad menos represiva?
Podríamos preguntarnos, por ejemplo: las personas casadas, ¿establecen vínculos virtuales por la insatisfacción que la vida de pareja les produce? ¿Los amores virtuales son practicados por la cada vez mayor población single de las grandes ciudades? ¿Se está activando un modo novedoso del amor, del erotismo? Que mucha gente esté experimentando nuevos modos de encuentro erótico puede dar indicio de cambios importantes en la subjetividad. Esta concreción en tiempo real de la romántica carta perfumada, de los labios estampados en papel, enlaza históricamente con el viejo casamiento por poder, donde las colectividades trataban de no perder consistencia étnica pese a las migraciones. Se intentaba mantener la identidad, el origen, la pertenencia a la que habían sido arrancados por el hambre, la ilusión, la guerra, la desesperación o la aventura. Al fin y al cabo, las cartas de Sigmund Freud a Martha son ejemplo del amor sostenido por misivas.
En el ciberespacio, el discurso es anónimo, en primera instancia secreto, con escamoteo del cuerpo y, muchas veces, travestido, dado que muchas personas –y esto es más frecuente en los varones– cambian de identidad sexual en esos encuentros. En la red, de cada cuatro personas conectadas, tres son varones. Como en el mito de Ulises, donde son dos o tres las sirenas mientras que el héroe y sus marineros de oídos tapados son muchos. Pero, también, se evocan las primeras definiciones de la masculinidad: el predador acechando, buscando saciarse.
En la red convocan las letras, el uso del idioma, los puntos suspensivos, las imágenes que se le incorporan al texto. Es una seducción que se ejercita y desarrolla en y por las letras. Este primer modo de discurso, anónimo, secreto, con nombres en clave, se acerca a las definiciones que Foucault daba para la sexualidad desde el Concilio de Letrán de 1215, momento histórico del catolicismo donde la confesión se estableció como ritual mayor, del que se espera la producción de verdad. De la sexualidad hay que hablar.
¿Empieza a descubrirse un arte erótico, por el mundo virtual? Si fuera así, los destinos de Occidente estarían incorporando, por vía inesperada, los descubrimientos eróticos orientales (Japón, China, India) no por transmisión de un maestro sino por facilitación de las máquinas. El lugar del maestro de erotismo lo ocupan los sitios de ideas y propuestas sexuales que la comunicación virtual plantea. No se transmite este saber por la vía erótico–religiosa sino por vía tecnológica. Las máquinas vendrían a sustituir la falta de historia de Occidente en este orden.
Que el encuentro esté, en primera instancia, desprovisto del cuerpo, no quiere decir que escape a los modos discursivos, obsesivos o histéricos, que aun en la virtualidad prefiguran cuerpos y contactos. En los contactos virtuales, la mayor capacidad de histerizar el discurso y su imagen en la pantalla atrapará como encanto de sirena a los Ulises de la red. Sólo que ese discurso no se sabe bien quién lo realiza, aunque esto tal vez no importe en la primera instancia de enamoramiento. Quizá sea un nuevo ser mitológico, que tiene como convicción seducir al viajero del ciberespacio.
César Hazaki *
* Editor de Topía Revista y Topía en la Clínica. Fragmento de un trabajo presentado en el Primer Congreso Virtual de Psicoanálisis.
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