03/06/09

Psikeba Nº9

Psikeba, Revista de psicoanálisis, arte y estudios culturales - Número 9

 

12/01/09

Frases sobre la escritura y la creación

Richard Peck, narrador: "El primer párrafo es el último disfrazado."

Gabriel Preil, poeta: "La primera línea de un poema es un halcón que no deja escapar a su presa."

Igor Stravinsky, compositor musical: "Demasiadas obras concluyen mucho después del final."

Richard North Patterson, narrador: "La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia."

Tobías Wolff, narrador: "Hazlo. Trabaja duro en ello. Pero hazlo."

Judith Guest, narradora: "El ´creador´ y el ´editor´ -las dos mitades de todo escritor- deben dormir en piezas separadas."

Rudyard Kipling, narrador: "Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la humanidad."

Clint Eastwood, actor y cineasta: "Respeta tus esfuerzos, respétate a ti mismo. El auto respeto conduce a la autodisciplina. Cuando cuentas con estos dos factores es cuando tienes el verdadero poder."

Truman Capote, narrador: "Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras."

Richard Bach, narrador: "Un escritor profesional es un amateur que no se rinde."

W. Somerset Maugham, narrador: "Escribir con sencillez es tan difícil como escribir bien."

Robert Benchley, narrador: "Me llevó quince años descubrir que no tengo talento para escribir. Pero no pude dejar de hacerlo, pues para ese entonces yo ya era demasiado famoso."

John Ciardi, poeta y ensayista: "No es obligatorio sufrir para ser un poeta. La adolescencia ya es bastante dolorosa para cualquiera."

Lewis Carroll, narrador: "¿Para qué sirve un libro sin imágenes ni diálogos?"

Marcia Davenport, narradora: "Cuando estoy lista para comenzar a escribir un libro, empiezo por el final."

Proverbio yiddish: "Si una persona dice que eres un burro, no te preocupes. Si lo dicen dos, presta atención. Si lo dicen tres, cómprate una montura."

Gunnar Ekelof, narrador: "Denme veneno para morir o sueños para vivir."

Benjamín Disraeli, ensayista: "Cuando necesito leer un libro, lo escribo."

Lord Byron, poeta: "Ciertamente, es agradable ver estampado el propio nombre; un libro es siempre un libro, aunque no contenga nada."

Arturo Pérez Reverte, narrador: "La vida es muy traicionera, y cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros."

Emile M. Cioran, filósofo: "Un libro es un suicidio aplazado."

William Shakespeare, dramaturgo: “Acción es elocuencia."

Gordon R. Dickson, narrador: "Una historia funciona cuando contiene bombas de tiempo dispuestas a estallar en la próxima página."

Aristóteles, filósofo: "Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto. Es un hábito."

Cuando le preguntaron a Saul Bellow cómo se sentía después de ganar el Premio Nobel, respondió: "No lo sé. Aún no escribí sobre eso."

Roman Jakobson, ensayista: "Algo es bello en relación con su contexto."

Robert Graves, narrador: "La cosa por decir, dila."

John Steinbeck, narrador: "Las correcciones hechas durante el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante."

Samuel Beckett, narrador: "Las palabras son todo lo que tenemos."

Michael Dorris, narrador: "Mi objetivo como escritor es desaparecer dentro de la voz de mi historia, convertirme en esa voz."

Ursula K. Le Guin, narradora: "Las primeras oraciones son puertas a mundos."

Walter Matthau, actor: "Todo lo que necesitas son cincuenta golpes de suerte."

ElEscriba

07/05/08

A las chicas de Flores

 poemas, chicas, poesias, amantes, amor  

Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposas.

Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.


Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que pasan por la vereda.

12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se tiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.

22

Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con sexo prehensil.


Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras.


Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.


La imposibilidad en que se encuentren de hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejan tranquilos.


Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo a utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.


Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.


Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. hasta que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo lleno de interrupciones y de cortocircuitos.

 

 

07/04/08

LA VIDA BRAVA. LOS AMORES DE HORACIO QUIROGA

A los amantes de la lectura y, en especial, a los seguidores de la vida y obra de este grande de la literatura de todos los tiempos como lo ha sido Horacio Quiroga les recomiendo este libro.

LA VIDA BRAVA. LOS AMORES DE HORACIO QUIROGA
Helena Corbellini (Editorial Sudamericana)
EL BULLI [ESPAÑA]

 

En "La vida brava" la escritora Helena Corbellini recrea la pasional y tormentosa vida afectiva del magistral narrador uruguayo Horacio Quiroga, en una documentada obra que transita sus dolores, sus culpas y sus pérdidas irreparables, sin soslayar los claroscuros de una personalidad sin dudas controvertida.

Nacido en Salto en 1878 y fallecido en Buenos Aires en 1937, Horacio Quiroga fue una de las plumas referentes de la literatura nacional y latinoamericana, cuya maestría narrativa alcanzó un justificado reconocimiento y admiración incluso fuera de fronteras.

Su turbulenta vida, que tuvo naturalmente una visible influencia en su deslumbrante obra, estuvo prematuramente signada por la tragedia y la pérdida irreparable.

Padeció prematuramente la muerte accidental de su padre, el suicidio de su padrastro y la autoeliminación de su primera esposa, que asumió con justificada culpa.

El propio narrador se suicidó mediante la ingestión de cianuro, para terminar con el sufrimiento provocado por la grave enfermedad terminal que padecía.

Como si se tratara de una fatalista herencia genética que trascendió en el tiempo al escritor, también se quitaron la vida Eglé, su hija mayor, y su hijo Darío.

La historia de Horacio Quiroga fue una síntesis entre Eros y Tánatos, fruto de una existencia pasional y desenfrenada que desafió las convenciones de su época.

En esta reveladora obra Helena Corbellini penetra la intimidad del itinerario afectivo del autor, a través del testimonio de María Helena Bravo, la mujer que compartió los últimos años de uno de los mejores cuentistas americanos de todos los tiempos.

Asumiendo que el itinerario existencial de Quiroga es en sí mismo una valiosa materia literaria, la autora se interna en los entretelones de su cotidianeidad.

Transformando a la última esposa en narradora y testigo privilegiado, el relato es un elocuente retrato del Horacio Quiroga hombre, más allá del mito o el genio literario.

Sin emitir inoportunos juicios de valor, Corbellini "desnuda" a sus personajes, en un discurrir que sabe capturar los momentos cruciales de una relación tan controvertida como todos los amores del gran Quiroga.

Desestimando de plano la posibilidad de transformar a la joven María Helena Bravo en víctima, la narradora asume el desafío de reconstruir una historia de encuentros y desencuentros.

Situando al lector en el Buenos Aires de comienzos del siglo pasado, la narración reconstruye minuciosamente las circunstancias en las que el escritor conoció a su futura esposa, que era compañera de estudios y amiga de su hija.

La narradora explica los conflictos derivados del inusual romance entre un hombre de casi cincuenta años de edad y una joven de apenas veinte, que generó la férrea resistencia de sus padres.

El relato confirma el reconocido espíritu transgresor del escritor, quien, desafiando a todo y a todos, transformó inicialmente a la mujer en su amante.

Los clandestinos encuentros entre ambos fueron cimentando una relación que se fortaleció en la adversidad y la intemperie de la incomprensión, hasta culminar en matrimonio.

A través del complejo periplo afectivo de una pareja que maduró su amor contra viento y marea, Helena Corbellini ensaya una aguda mirada a las costumbres de la época, signadas por la doble moral, la pacatería y la hipocresía.

En ese contexto, la autora no omite detalles que puedan resultar relevantes a su propósito de retratar ­con particular rigor y elocuencia­ a una sociedad bonaerense con mucho de provinciana y de intolerante.

No obstante, sin afirmarlo explícitamente, Corbellini sugiere que el propio autoritarismo que condenó a los amantes a la crítica mordaz pero soterrada por su acto de osadía, también era una característica de la personalidad del célebre cuentista.

En este relato, que recoge las memorias de la joven esposa, Horacio Quiroga es presentado como un hombre dominante, egoísta, patológicamente celoso y de carácter irritable.

Su inconmovible voluntad lo transformó en árbitro del destino de sus dos hijos mayores, quienes solían someterse a sus mandatos renunciando incluso a su propia autodeterminación.

Esta es quizá la faceta más contradictoria del polémico personaje, quien negaba a los seres que amaba la libertad de la cual él siempre gozó con creces.

Intercalando el presente con el pasado, Helena Corbellini redescubre un itinerario signado por la permanente controversia, impronta que recorrió toda la vida afectiva del inolvidable autor.

Ensayando una minuciosa síntesis de amores correspondidos y a menudo desgraciados, la autora evoca a otras mujeres que desvelaron el corazón del emblemático escritor.

En ese contexto, Corbellini recuerda a Ana María Cires, la primera esposa, que se suicidó; la poeta Alfonsina Storni, quien fue su única amiga, la joven Ana María Palacios y la adolescente María Esther Jurkowski.

Cada nombre femenino que aflora en el horizonte literario del libro es ­a su vez­ una historia de pasiones lujuriosas y desenfrenadas, poblada de conflictos y agrias controversias.

En esas circunstancias, esta novela biográfica contiene intrínsecamente varias novelas reales, que representan cruciales fragmentos de una existencia siempre situada en el ojo de la tormenta.

Asumiendo la necesidad de explorar la vida del escritor con mayor minuciosidad, Corbellini reconstruye también algunos aspectos de la vida social bonaerense de la década del veinte del siglo pasado.

En cierta medida, más allá de las críticas que motivaban sus actitudes claramente desafiantes, la obra confirma que Horacio Quiroga era igualmente tolerado y valorado por su extraordinario talento y prestigio artístico. Otro detalle no menos relevante es que ocupaba un cargo diplomático en representación de Uruguay.

La recreación de los ambientes de la intelectualidad de la época constituye una imagen vívidamente testimonial de las costumbres, los hábitos y hasta de las manías de las elites vernáculas.

Asimismo, la obra es también un elocuente espejo de la conflictiva coyuntura de la década del treinta, caracterizada por el autoritarismo, la violencia y hasta la intolerancia.

Incluso, la propia circunstancia de que Horacio Quiroga se haya relacionado con algunas personalidades de fuerte compromiso ideológico, amplifica considerablemente la dimensión histórica que adquiere el relato.

La recreación de las frecuentes estadías del famoso escritor en la selva de Misiones recupera ­en muy buena medida­ los paisajes y los espacios ambientales que constituyeron el núcleo inspirador de su producción literaria.

Esa naturaleza en estado casi virgen y virtualmente incontaminado por la civilización, fue la materia prima vertebral de sus tribulaciones, sus obsesiones y su genial veta creativa.

No obstante, el tórrido terror rural que recorre muchos de sus relatos, abreva no sólo de esas escenografías, sino también de su propio espíritu salvaje, emancipado y transgresor.

El amor, la locura y la muerte aludidos en su más emblemática y exitosa colección de cuentos, son tres conceptos intrínsecos a su propia peripecia existencial.

La recreación de las cruciales vivencias de Quiroga que son condensadas en este libro, confirma la indudable identidad entre la vida y la obra del extraordinario narrador.

Pocas veces un escritor retrató tan elocuentemente sus pasiones, temores y obsesiones como Horacio Quiroga, la mayoría de cuyos personajes de ficción era una suerte de alter ego de su creador.

"La vida brava" es un biográfico minucioso y documentado, que excede claramente el propósito de recrear la vida afectiva de una personalidad sin dudas excepcional.

Más allá de que el mayor foco de atención reposa en la figura del controvertido cuentista, la novela otorga igualmente un singular protagonismo a María Helena Bravo y a otros afectos del insigne escritor.

Helena Corbellini también ensaya una aguda y escrutadora mirada a las costumbres de una época, analizando sus conductas, sus prejuicios, su intolerancia y su exasperante doble moral.

La obra tampoco soslaya los conflictos políticos, los desbordes autoritarios, los compromisos éticos y la actividad de los fermentales movimientos literarios.

"La vida brava" es una reveladora y hasta descarnada radiografía de una personalidad referente de nuestra cultura, cuya vida transcurrió entre la pasión más exacerbada, el amor y la tragedia. *

 

María Helena Bravo, una mujer apasionada, transgresora, bellísima, se enamora perdidamente del escritor Horacio Quiroga. Se casan cuando ella aún no había cumplido los veinte años y él rondaba los cincuenta. Sus memorias son un retrato minucioso dé una cotidianidad -signada por la avaricia de Quiroga, su carácter egoísta y dominante, los celos, lujuria e irritabilidad y su aspecto desaliñado...
La autora recrea la vida afectiva de un grande de la literatura, con una existencia plena de amores correspondidos y/o desgraciados: Ana María Cires, su primera esposa, cuyo suicidio deja una huella de dolor misterioso; su única amiga mujer, la poeta Alfonsina Storni; la jovencita Ana María Palacios; la adolescente María Esther Jurkowski, quien lo inspiró para escribir el cuento "Una estación de amor".

 

NOTA RELACIONADA:

A la vida hay que darle Quiroga
por Liliana Viola

La vida y la personalidad de Horacio Quiroga merecen figurar, probablemente, entre los pocos materiales capaces de competir con su literaria imaginación y con la crudeza de sus cuentos. Por eso no importa cuántas veces se vuelva a su retrato, a las cartas perdidas o a la intención biográfica: hay promesa de asombro y espanto siempre. Allí regresa entonces, con este libro, la autora uruguaya, Helena Corbellini. Y la originalidad con la que recorre camino tan conocido reside en que habla por boca de María Bravo, la última esposa, el último amor del escritor.

La autora reitera y condensa, luego de un extenso trabajo documental, las anécdotas sabidas, las citas de amigos y detractores, lo que dicen las fotos, los documentos, los biógrafos. Figura aquí, por supuesto, el posible amor con Alfonsina que incluye furtivo beso en los labios, la colección de animales salvajes que le dieron fama de loco en Misiones, su pasión por las motocicletas, su relación con el campo intelectual argentino, la debilidad por las chicas jóvenes. Pero aquí todo esto está contado por una voz recreada, la de María Bravo, la que aceptó vivir con él en Misiones, la que regresó cuando la vida se hizo intolerable, la que deseó a otros hombres, la mujer con que discutió fuertemente en el hospital antes de suicidarse. Una de las pocas integrantes del clan Quiroga que no se dejaron atrapar por el imán trágico que conocemos y que, en parte por eso, no ha merecido mayor atención.

Aunque lo que se cuenta aquí es la vida de él, estas memorias ficcionales dan la ilusión de estar conociéndola a ella. Y ella reflexiona sobre el lugar de la mujer, se muestra consciente y activa frente a actitudes sexistas, liberal y liberada, y aunque poco instruida, parece tener una conciencia de género envidiable, incluso en mujeres de la actualidad. Tal vez así lo fuera. Pero algo hace sospechar que como en el caso de la superaggiornada Inés del alma mía de Isabel Allende, en la buena intención de construir mujeres interesantes, se tergiversa y oculta una visión de mundo que ha formado parte y causa del sometimiento de tantos años. En fin, en tren de suponer, se puede aventurar que seguramente a María Bravo no le gustaría mucho que esta novela, que gira sobre su relación con el escritor, se anunciara engañosamente en la tapa como “Los amores de Horacio Quiroga”.

Fte: Página12 

 

20/12/07

Psikeba Nº 6 - 3er. Cuatrimestre de 2007



Psikeba. Revista de Psicoanálisis y estudios culturales

Psikeba. Revista de psicoanalisis y estudios culturales - Número 6
 
 

 

 

Número 6 - Diciembre de 2007

Año 2. Tercer Cuatrimestre   ISSN 1850-339X

Poesía Analítico-Erótica y un canto posmoderno
Christopher Gibran Larrauri Olguín
   
Directora: Rosa Aksenchuk - Editor asociado: Adolfo Vásquez Rocca | Psikeba © 2006 - 2007
 

 

10/09/07

Revista Psikeba. Edición 5 - 2do. Cuatrimestre 2007

Número 5

Agosto de 2007


Año 2. Primer Cuatrimestre 

ISSN 1850-339X

El derecho en la obra de Kafka
Susanne Marie Weber
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SONAR AGENDA ARTISTICO-CULTURAL

 

Directora: Rosa Aksenchuk - Editor asociado: Adolfo Vásquez Rocca
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24/05/07

Credo personal para una estética del cuento

por Héctor Torres

  • Creo en el cuento corto, pero no en escribir para una extensión determinada de antemano. Por su naturaleza el cuento es breve, pero esa medida es inherente a su intensidad y su atmósfera, de manera que será cuento corto todo aquél en el que, independiente de su extensión, sea imposible abandonar su lectura hasta haberlo concluido. Con equilibrio y tensión sostenida poco importa cuánto dura un cuento. Bola de sebo (Maupassant), El puente sobre el río del buho (Bierce) y Una historia aburrida (Chéjov) así lo demuestran.

     

  • Creo en la magia del relato, no en los actos de magia. Durante siglos, el poder oculto de las oraciones ha radicado en la melodía producida por una conjunción apropiada de las palabras; asimismo, la magia del cuento radica en su capacidad para atrapar al lector, no en un irrenunciable apego por el final sorprendente. Sorpresa no es forzosamente eficacia. Cuando era caballo (Hernández) es un cuento mágico que no tiene un final sorprendente.

     

  • Creo en el lenguaje llano, directo, casi oral, en el cual no se descuide el aliento poético. La expresión se debe trabajar como si se fuese a cincelar en mármol: precisa y radiante, que construirla sea un arte en sí. De allí la belleza de las sentencias. Creo, por tanto, en la franqueza del lenguaje, pero asumido sin complejos. El idioma es rico, por lo que ninguna palabra, por exótica que parezca, sonará arrogante en su contexto adecuado. Instrucciones para dar cuerda a un reloj (Cortázar) posee una sencillez enormemente poética.

     

  • Creo en la poesía de lo cotidiano, en la profunda hermosura que palpita en los hechos diarios; en el placer, en el asombro y en el dolor que supone la vida como aventura intrínsecamente misteriosa. Eladia (Julio Garmendia) y El posible Baldi (Onetti) son ejemplos clarísimos de la intensa magia que reside en las situaciones cotidianas.

     

  • (Kafka) y Creo también en el cuento fantástico, en las posibilidades estéticas que contiene; pero creo que toda narración fantástica aumenta su poder de sugerir cuando se sabe combinar con hechos comprobables, o que el lector pueda presumir como tales. La fantasía surge hermosa cuando se enclava en contextos cotidianos; la ciencia-ficción (plena de especulaciones tecnológicas y mundos futuros) rara vez logra esa belleza. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius (Borges), La verdad sobre el caso de M. Valdemar (Poe), Las preocupaciones de un cabeza de familiaLas máscaras venecianas (Bioy Casares) ostentan una gran maestría en el uso de este recurso.

     

  • Creo en la humildad con que se enfrenta el narrador a su historia, en la humilde paciencia con que construye sus situaciones, su ambiente, sus personajes. Creo que en esa humildad y en esa paciencia radica el arte de narrar. La narrativa (por ser un hecho artístico) supone una tenaz devoción por la corrección, una meditada justificación de cada palabra empleada, una actitud cauta y desconfiada en el uso de la palabra escrita.

     

  • Creo en la lectura y en el estudio de los maestros, desestimando el temor a no encontrar el estilo propio si se copian. A medida que el narrador se desarrolla, el eco del maestro se va desvaneciendo (deja sólo el zumo) y se renuncia a imitarlo deliberadamente. Por tanto, salvo en casos excepcionales, no creo en el plagio —todo cuanto se puede escribir ya está dicho— ni en la novedad como meta única del cuentista; ésta lo distrae de su tarea esencial, que es relatar lo que cualquiera ve o piensa, pero dicho de una forma que no cualquiera podría. Escribir es plasmar la vida impregnándole ese algo misterioso que reside en el alma del que escribe, y es eco y continuación de todo el gran espíritu humano.
Fuente: Letralia

24/04/07

Psikeba. Revista de Psicoanálisis y estudios culturales - Número 4. Abril de 2007

 

Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales
 

Postmodernidad y deconstrucción; el ámbito de la espectralidad - Simón Royo.

El paradigma del desencadenamiento. Lacan y el campo de la psicosis - José Méndez

Nietzsche. La ficción del sujeto y las seducciones de la gramática - Adolfo Vásquez Rocca

¿Feminización de la cultura? - Rosa María Rodríguez Magda

La teatralidad del amor cortés; el partenaire inhumano - Rosa Aksenchuk

La Filosofía en el futuro de los discursos antropológicos; Antropología Mística y Metafísica - Ernst Tugendhat

Badiou; ser, acontecimiento y ontología transitoria - Alejandro G. Piscitelli

Badiou y Derrida en los bordes del acontecimiento - Gustavo Celedón

Freud y Schoenberg. La prohibición mosaica de la representación y la renuncia pulsional - Néstor Braunstein

Hierofanía; entre lo sagrado y la abolición de la neurosis - Daniela Gutiérrez

Dolor y arte; Frida Kahlo - Alicia Wenger

"Outsider… deconstruyendo el arte desde fuera". Epistemología del arte marginal como práctica visual expresiva - Ramón Almela

Una reinterpretación postmoderna del arte ilusionista en Gombrich; Pinturas acerca de nada - Carlos Ortiz de Landázuri

La estela del delirio cyberpunk - Diego Saucedo Tejado

El Leonardo de Freud. Teorías estéticas y clínica de la lectura - Claudio Boyé

Adolescencia, anorexia y estructuración subjetiva - Marcela San José

Subjetividad, interioridad y mística en Wittgenstein - Víctor J. Krebs

Llamados autistas. Thomas, Klein y Lacan - Gabriel Guerrero

El Otro de la frustración - Daniel Larsen

La Mitología Psicoanalitica: La pulsión - Jairo Gallo Acosta

El manejo institucional del síntoma - Antonia Lara Edwards

Arte Conceptual y Postconceptual; de Duchamp a Joseph Beuys - Adolfo Vásquez Rocca


20/04/07

Tristan Tzara. El hombre aproximativo

 

 

Primera aproximación
El hombre, un poeta rumano en el exilio que responde al nombre de Sami Rosenstock, juega al ajedrez, metáfora de la guerra que no es ninguna metáfora, en 1916, en una calle de Zurich llamada Spielgasse (calle del juego), con otro hombre, un refugiado político ruso, Vladimir Illich Ilianov. En realidad, además de jugar al ajedrez, juego rigurosamente racional y estético, los dos hombres se están preparando para otro juego, acaso menos racional y menos estético pero no menos riguroso, la revolución, el segundo hombre: Lenin, hará la revolución política, a partir del año siguiente, en Rusia, y el primer hombre, Tristan Tzara, la revolución poética, ese mismo año, en el Cabaret Voltaire, en el número 1 de la calle del juego.



Segunda aproximación

Tzara trazará palabras al azar, las lanzará a la marchanta, chantará a la masa la gran palabra, DADA: palabra santa, vaca sagrada, papá, mamá, nada, azar. Tzara trazará la raya, atrasará hasta la nada, hará tabla rasa, arrasará, arrancará la máscara a las palabras, hablará pavadas para callar,  para hallar la máscara tras la máscara. Zar ácrata, Satán, Tarzán, Adán, Nada, Tzara llamará a Arp, a Ball, para armar DADA. DADA dará la alarma, las armas para matar a la Parca, para acabar la "farsa barata", para zafar - saltar la valla, sacar las trabas, dar batalla a las palabras hasta hallar la gran palabra: DADA.

 

Tercera aproximación
La aproximación fue inventada por los impresionistas, escribe Tzara en el Manifiesto DADA 1918, refiriéndose tal vez al modo en que estos trataban de aproximarse al objeto en su realidad profunda mediante la destrucción sistemática de su superficie y, al mismo tiempo, a su propio método de aproximación, desde una pensamiento excéntrico, al centro del hombre, destruyendo su subjetividad en forma asistemática, hasta llegar a configurar El hombre aproximativo. Tal es el título del libro que más se aproxima a este principio constructivo - y, a la vez destructivo -, obra de una complejidad estructural y un rigor estético casi ajedrecísticos, un juego infinito de repeticiones y diferencias, de correspondencias baudelaireanas o de variaciones sobre un mismo tema: la aproximación al hombre a través de la palabra, de la palabra "aproximación", un término que lo acompañó desde el principio y terminó dando título a uno de sus últimos poemas. Así es como Tzara se aproxima al hombre, él es el hombre aproximativo de su poesía aproximativa, próxima en el sentido de cercana al hombre, prójima y próxima en el sentido de lo porvenir. Por eso, en lo porvenir, Tzara abandonará el juego de la vanguardia y volverá al ajedrez y al comunismo, el común ismo de todas sus revoluciones alrededor de sí mismo y del concepto de aproximación, en torno al cual construirá, como una suerte de espiral genealógica, su tradición vanguardista.

 

Última aproximación

El método de las "aproximaciones insólitas" de los surrealistas nos permite hacer una asociación libre con un libro que no tiene nada que ver con la literatura, por lo que tiene todo que ver con el surrealismo: Tzara es Sara T., alcohólica, drogadicta y prostituta a los doce años. Su historia es aproximadamente la que sigue:
Sara era una niña precoz que jugaba al ajedrez y soñaba con vivir nuevas y excitantes experiencias, así que huyó de su casa y pronto aprendió otros juegos, liberando sus deseos infantiles bajo la anárquica tutoría de DADA, padre putativo de otras niñas como ella, que destruyó todas las reglas de su anterior vida burguesa. Luego, aburrida de sus alegres aventuras adolescentes en el cabaret, viajó a París, donde conoció a las ex DADA Breton, Aragon, y Soupalt, y supo de su proyecto de hacer la Revolución Surrealista, a la que se unió inconscientemente. Entonces, dejó de reírse de la psicología y se enamoró del inconsciente de Freud, que daba categoría científica a sus experiencias. Pero cuando el surrealismo dejó de ser revolucionario para ponerse Al Servicio de la Revolución, Sara dejó el surrealismo, al ser-vicio de la revolución. Pero cuando la revolución dejó de ser revolucionaria, su re-evolución la llevó a volver primero al surrealismo, pero éste ya había dejado de ser surrealista, y después al punto de partida: la partida de ajedrez, el juego originario en cuyas casillas Sara terminó encerrándose, en un movimiento de revolución, "viaje circular por la Luna y por el color", consistente en regresar a la primera movida, a cero, al principio revolucionario, estado ideal para la revolución, concebida por Sara como la experiencia artística y vital definitiva, el fin al que el hombre siempre tratará de aproximarse.  

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10/04/07

El cazador de tatuajes

Psikeba. Revista de psicoanalisis

 

Algunas frases extraidas de: El cazador de tatuajes de Juvenal Acosta

 

Nadie que realmente busque encuentra. La búsqueda es el producto de neurosis. Los encuentros, en cambio, son producto de una ley universal que rige cada movimiento y nos conduce hasta donde tenemos que ir.

 

La seducción es un signo ritual que pertenece al mundo del artificio. Es un código que inventamos y construimos desde tiempos inmemoriales con señales falsas que enviamos y recibimos de acuerdo con nuestros deseos.

 

El tatuaje no es un signo impreso sobre la piel sino sobre la idea que uno tiene de sí mismo. El tatuaje es una cicatriz producto del deseo.

 

La búsqueda de Narciso es la búsqueda del otro dentro de sí mismo.

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