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24/06/06

Rompecabezas Wittgenstein

Adolf: Esta nota te la dedico a ti 
 
 
 
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Todo lo que puede decirse, puede decirse claramente; y de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio. Esta frases están escritas en el Tractatus logico-philosophicus, un libro oscuro y desconcertante, promotor del más patético lapsus de la filosofía de este siglo, los positivistas lo erigieron como su libro sagrado, precisamente por no haberlo comprendido. Su autor Ludwig Wittgenstein – que pudo haberse dedicado a la ingeniería aeronáutica o haberse suicidado a los 20 años, es uno de los grandes pensadores del Siglo XX y el creador de un nuevo estilo de reflexión. Su planteamiento filosófico, al mismo tiempo decisivo y atípico, es incuestionablemente uno de los más originales de los tiempos modernos.

 

Ludwig Wittgenstein creció en la ciudad donde Freud acababa de colocar el sofá más famoso del mundo. De chico fue un apasionado por la música. Nada asombroso cuando se nace en la Viena de 1889, en un palacio donde hay varios pianos y donde uno de sus habitantes es un virtuosísimo pianista (es para su hermano Paul, que perdió un brazo en la guerra, que Ravel compondrá el “Concierto para la mano izquierda”).

 

Su padre era un capitán de la industria metalúrgica que destinaba una parte de su fortuna al mecenazgo de artistas como el pintor Gustav Klimt, el escultor Auguste Rodin o el músico Gustav Mahler, pero no se tomaba en serio ninguna profesión más que la de ingeniero y, sobre todo, le disgustaba que sus hijos tuvieran hijos tuvieran inclinaciones artísticas, como las que manifestaban Hans y Rudolf que para colmo eran homosexuales declarados. Los hermanos mayores de Ludwig no habrán sido capaces de soportar las exigencias paternas, porque lo cierto es que se suicidaron poco después de cumplir los 20 años.

 

A la edad de diez años Ludwig Wittgenstein diseñó y construyó sin ayuda de nadie, con alambre y trozos de madera, un modelo de máquina de coser. Cuando contaba catorce años era capaz de silbar movimientos enteros de varias conocidas sinfonías. Estas actividades parecen ser lo más próximo que llegó a lo que se entiende por juegos de un niño normal.

 

En 1903 se matriculó en la Realschule de Linz, donde estudió matemáticas y ciencias. Curiosamente, Hitler iba esa escuela al mismo tiempo. Wittgenstein se consideraba a sí mismo un estudiante mediocre, sin embargo, fue ascendido al curso anterior al suyo; Hitler, un mediocre alumno excepto en curso de historia, recuerda de sí mismo cómo brillaba entre sus estúpidos condiscípulos, pero según los informes escolares, se le mantuvo en un curso inferior al que le correspondía por edad. Resultó de esta manera que la mediocridad y el genio nunca se encontraron.

 

Wittgenstein estuvo al borde del suicido varias veces en su vida, atormentado por la culpa que le producía su a duras pena velada homosexualidad, o por también por su incapacidad para encajar en el mundo o tal vez por su desbocada sed de dios. Su ánimo siempre penduló entre la ciega desesperación y la experiencia de un amparo invulnerable.

 

Como técnico, se destacó en el diseño de una hélice de propulsión por reacción. El tema lo obsesionaba y, sin que lo propusiera, desde los problemas físicos fue deslizándose hacia los fundamentos matemáticos y de ahí hacia la filosofía. En 1908 llegó a sus manos un libro de Bertrand Russell, los principios de las matemáticas. Wittgenstein decidió escribirle un carta a su autor.

 

 

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El hecho atómico

El techo es blanco, la cama es de madera, las sábanas son azules. Y así sucesivamente. La realidad es una colección de hechos descriptibles por proposiciones simples. A cada hecho le corresponde una proposición. El lenguaje es una pintura, una representación de la realidad. Realidad y lenguaje tienen la misma forma. Ambos pueden descomponerse hasta llegar a los elementos simples o atómicos que los componen. El todo es la suma de las partes (la cama es de madera, las sábanas son azules, etc.). la realidad no es ambigua ni contradictoria, nuestra forma de hablar puede a veces ser ambigua y contradictoria. Pero para solucionar eso está la filosofía. Tiene que determinar con claridad la forma lógica del lenguaje para erradicar las contradicciones. Tiene que eliminar las ambigüedades y vaguedades de nuestro lenguaje cotidiano para representar los hechos con precisión. Tiene que mostrar que gran parte de los problemas filosóficos tradicionales son falsos problemas originados por un mal uso del lenguaje. Si la filosofía logra esto -* y está en vías de lograrlo- , entonces el lenguaje y el pensamiento humanos conquistarán la precisión del cálculo matemático (esta mano tiene cinco dedos, etc.). el resto es silencio.

 

Lo que antecede es el credo del atomismo lógico, el proyecto filosófico puesto en marcha por el filósofo inglés Bertrand Russell hace un siglo y continuado por el positivismo del Círculo de Viena en los años 20; y aún día dominante. En realidad, estas tesis pasan en limpio el craso sentido común, la filosofía clara de una época oscura. En más fácil resumirla en 20 renglones que llevarla a cabo. A Russell y acólitos les llevó décadas intentarlo y en el camino se encontraron con paradojas todavía no resueltas, tal vez inevitables.

 

 

Dos potencias se saludan

El encuentro de Russell y Wittgenstein resultó decisivo para los dos. En 1911 Russell era, a sus 40 años, una autoridad académica cuyas tesis sobre la filosofía de las matemáticas eran estudiadas en todo el mundo; estaba trabajando para concretar el objetivo de máxima de la metafísica occidental: demostrar que la realidad es enteramente demostrable por el lenguaje proposicional, es decir: por la ciencia. (una metafísica, digamos, que no se reconoce como tal). Wittgenstein era un estudiante de 22 años inadaptado y con problemas vocacionales. Así lo vio Russell en sus primeras impresiones: ”Mi amigo alemán amenaza ser un suplicio. Después de mi clase me acompañó a mi casa y estuvo discutiendo conmigo hasta la hora de la cena; lo hacía de un modo testarudo y extravagante, aunque creo que no es un estúpido.”

 

Wittgenstein tenía que tomar una decisión: dedicar su vida a la aeronáutica o a la filosofía; le fue a preguntar a Russell si veía en él algún talento filosófico, porque si así no fuera estaba dispuesto a abandonar para siempre esta disciplina. Russell le dijo que no estaba seguro de sus reales aptitudes, pero después de leer un ensayo que Wittgenstein le acercó, se convenció de su genio y lo alentó a seguir. En sus Memorias, lo recuerda así: “Fue el ejemplo más perfecto de genio que encontré en mi vida: apasionado, profundo, intenso y dominante... Cada medianoche me visitaba y durante tres horas, sumido en un nervioso silencio, se movía de un lado para otro, como un animal salvaje. Una vez le pregunté: “¿Usted está pensando sobre lógica o sobre sus pecados?” “Sobre las dos cosas” me contestó y siguió moviéndose por la habitación. No quería mencionarle que ya iba siendo la hora de acostarse, porque temía que se iba a suicidar si lo hacía ir.”

 

La relación entre maestro y discípulo se fue invirtiendo con el correr del tiempo. Wittgenstein se tomaba la tesis del atomismo lógico como una cuestión personal, con esa incapacidad tan suya de ponerle límites a su obsesión, que lo obligaba a perseguir una idea hasta el final y a descubrir los puntos débiles de la argumentación. Concordaba en principio con el programa filosófico de Russell, pero encontraba serios inconvenientes en el problema de la representación, esto es, en la capacidad del lenguaje para hacer referencia a los hechos. ¿Cómo es posible que haya una concordancia inequívoca entre una representación simple y un hecho? ¿Hay en nuestra experiencia hechos simples? Las proposiciones simples como “esta silla no es azul”, ¿se refieren a hechos negativos? ¿Tiene sentido hablar de hechos negativos? ¿Tiene sentido hablar de un hecho negativo – una silla “no azul”- o los hechos son simplemente lo que son? ¿Cuál es el sentido entonces de una proposición negativa? ¿Y qué pasa con una proposición general, como por ejemplo “todos los metales se derriten al calor”? ¿Representa algo existente en el mundo o es sólo una manera de hablar?

 

Sus cuestionamientos a Russell se fueron haciendo cada vez más violentos. Le dijo que estaba totalmente equivocado, que él ya había recorrido ese camino hasta convencerse de que no conducía a ninguna parte. Las críticas hicieron tambalear a Russell. Años después éste reconocería que fueron “un acontecimiento importantísimo en mi vida, que afectó todo lo que he hecho desde entonces. Vi que él tenía razón y que no podía esperar hacer ya nunca un trabajo fundamental en filosofía.” De hecho no produjo ya grandes novedades en su pensamiento filosófico, y a pesar de que vivió hasta los 98 años, sus intereses fueron desplazándose cada vez más hacia la causa pacifista, la defensa de los derechos humanos y el feminismo.

 

La distancia entre ambos aumentó hacia 1914, y no sólo por razones filosóficas: tenían actitudes totalmente opuestas ante la vida. Russell era un librepensador, un antirreligioso que se burlaba de los escrúpulos de Wittgenstein sobre el pecado y de su denso misticismo; tenía todo el sentido del humor y la sociabilidad que le faltaban a Wittgenstein. Sólo el brillo intelectual de Wittgenstein y el respeto y la paciencia que Russell le llegó a profesar, lo disculpaban por los continuos desplantes que tenía frente a las normas académicas y las convenciones sociales. Cuando estalló la primera guerra mundial Russell decidió profundizar su militancia pacifista. También fue el momento para que Wittgenstein se enrolara como voluntario en el ejército austriaco: era la ocasión para romper con la hipocresía y el vacío de la vida burguesa.Encontró en la guerra un medio extremo, un sentido fuerte del que su existencia hasta el momento carecía.

 

Durante sus años de guerra llevó un diario, escrito en cuadernos escolares, con un llamativa distribución: en las hojas del lado derecho escribía sus áridas reflexiones sobre la lógica proposicional; del lado izquierdo, y en clave, dejaba testimonio de su tormento personal. Creo que nunca se ha expresado de manera tan patente la íntima fisura que existe entre la verdad científica y la tragedia. Los lectores de Wittgenstein, sus equívocos discípulos, sus herederos intelectuales, no han cesado de ahondar la disociación.


5 de septiembre de 1914

Hoja izquierda:
Me encuentro en camino hacia un gran descubrimiento. ¿Pero llegaré a él? Noto mi sensualidad más que antes. Hoy he vuelto a masturbarme. Afuera hace un tiempo gélido y tormentoso. 

19 de septiembre de 1914

Hoja derecha:
Una proposición como “este sillón es marrón” parece decir algo enormemente complicado, dado que si quisiéramos expresar esta proposición de modo tal que nadie pudiera hacernos objeciones acerca de su ambigüedad, tendría que resultar infinitamente larga. 

11 de noviembre de 1914

Hoja izquierda:
Hemos oído el estampido de los cañones desde las fortificaciones. He enviado una carta a David. ¡Cuánto pienso en él! ¿Pensará él en mí, por lo menos la mitad? 

Hoja derecha:
¿Acaso no corresponde mi estudio del lenguaje al estudio de los procesos mentales que los filósofos consideraron siempre tan esenciales para la filosofía de la lógica? Lo que ocurre es que siempre se perdieron en disquisiciones psicológicas inesenciales, e igual peligro se corre con mi método.

 

La solución final

Wittgenstein dio los últimos toques al Tractatus Logico-Philosophicus cuando era prisionero de guerra, bajo duras condiciones, en un campo en Cassino. Se las agenció para reanudar desde allí su correspondencia con Russell. Ya liberado, se resistió a volver a la vida académica, renunció a su fortuna familiar y trabajó como jardinero en un monasterio y como maestro de escuela. Intentó aplicar con sus alumnos sus ideas sobre el lenguaje, pero como perdía fácilmente la paciencia y les pegaba, los padres hicieron un petitorio para que lo despidieran.

 

Al poco tiempo de escribir el Tractatus, Wittgenstein empezó a distanciarse de su obra, sin saber del todo por qué, se desentendió de la suerte del libro. A modo de explicación Wittgenstein aseveraba que lo que no había dicho en el Tractatus era mucho más importante que lo que había dicho.

 

Pocos libros han sido en este siglo tan influyentes y pocos tan mal entendidos. La oscuridad del asunto iba más allá de las intenciones del autor, que estaba convencido que todo lo pensable puede decirse claramente. Precisamente el libro se proponía fijar de modo tajante los límites del lenguaje, de lo que se puede decir y pensar. La dificultad radica en que para hacerlo no contaba con otra cosa más que el lenguaje. Todo lo escrito allí quedaba de este lado de lo decible, ya que Wittgenstein quería evitar caer en los vicios del lenguaje en que habían caído los filósofos anteriores, entre ellos el propio Russell. Por eso, para no violar sus propias reglas, muchas de las ideas escritas en los diarios de guerra quedaban reducidas en el Tractatus a escuetas alusiones, que le daban al libro un tono enigmático. El estaba convencido que si lograba presentar claramente lo decible – lo pensable-, de esta forma estaría señalando lo indecible. Por ese tiempo escribía en una carta que el libro tenía dos partes: todo lo que estaba escrito y todo lo que no había sido escrito; y esta segunda parte era la más importante. “Creo que todo eso sobre lo que muchos parlotean, yo lo puse en evidencia en mi libro guardando silencio sobre ello.”

 

Dedicó gran parte del libro a resolver los aspectos insuficientes de la filosofía russelliana y lo hizo con éxito, inventando algunos instrumentos lógicos que fueron adoptados por el positivismo. En sus proposiciones principales, el Tractatus dice que el mundo es todo lo que acaece: la existencia de los hechos atómicos. El pensamiento es la pintura lógica –la representación- de los hechos y su expresión es el lenguaje proposicional. Pensamiento, lenguaje y hechos tienen la misma forma lógica, por lo que los límites del pensamiento son los límites del mundo; no podemos pensar cómo sería un mundo ilógico. Gran parte de lo escrito sobre filosofía, sostiene Wittgenstein, no es siquiera falso: carece de sentido, precisamente por desconocer los límites dentro de los cuales se puede decir algo con sentido. Todo lo que puede decirse se refiere en última instancia a los hechos atómicos, y en esa referencia se decide su verdad o falsedad. Esta crítica a los usos del lenguaje y los aportes lógicos de Wittgenstein encandilaron a los positivistas lógicos, que en la segunda década del siglo formaron el Círculo de Viena, tomando como base de escuela filosófica el Tractatus.

 

Una proposición tan simple como “la sábana es azul” no puede ser comprendida si sólo se la toma como representación de un hecho real –y recordemos que este tipo de proposiciones son el núcleo puro y duro de la filosofía positivista- . no conocemos objetos simples por nuestra percepción, conocemos objetos complejos: vemos una superficie azul, no vemos los puntos azules que la componen. Esto Wittgenstein ya lo advertía en su diario de guerra. Además, ¿cómo podemos saber que comprendemos el significado de la palabra “azul” ¿y cómo saber si otro comprende esta palabra? Podríamos aventurar que comprenderla es saber cómo los hombres la utilizan, pero esto no resuelve el problema, ya que abre otros frentes de conflicto. “¿Comprendo una palabra cuando escribo su aplicación? ¿Comprendo su propósito? ¿No me he engañado acerca de algo importante?... No sé por qué (los hombres que usan esta palabra) actúan así, no sé cómo interviene el lenguaje en sus vidas... ¿No es el significado de la palabra la manera en que este uso interviene en la vida?... El lenguaje interviene en mi vida y lo que se llama lenguaje es un ser que consiste de partes heterogéneas y la manera en que interviene en la vida es infinitamente diversa.” (Gramática filosófica, 1931).

 

La concepción positivista, que reduce la realidad a un conjunto de hechos representables mediante proposiciones simples, conduce a un callejón sin salida, porque sólo hay “simples hechos” si hay proposiciones simples que al nombrarlos, los delimitan; y las proposiciones simples son simplemente imposibles. Wittgenstein llegó a esta conclusión después de haberse tomado en serio el proyecto positivista y de haber caminado por ese callejón hasta el fondo. O sea,  ser positivista es no ir hasta el final, no querer llegar. “mi mano tiene cinco dedos” ya es guerra con la realidad.

 

Los límites del lenguaje

Alguna vez tuviste la experiencia de estar a salvo? Digamos, no a salvo de una tormenta, porque en medio de la noche encontrarás un refugio; no a salvo de la tristeza, porque la persona a la que amás también te ama. No: sentirte a salvo, pase lo que pase. Aunque estés a la intemperie, empapado y helado, despreciado por la persona que amás. Esta es la experiencia del amparo, absurda para una mentalidad científica, porque el amparo no es representable en el lenguaje proposicional, porque desborda el límite de la proposición: una taza de te sólo puede contener el volumen de una taza, por más que se vierta un litro en ella. La experiencia del amparo, pase lo que pase, es un sinsentido porque está fuera de la cadena de los hechos naturales (es de noche, llueve, hace frío, el techo es blanco, etc.). El amparo no es de este mundo, y sin embargo es lo único que le puede dar valor a una vida.

 

Esta experiencia absurda nos lleva a arremeter contra los límites del lenguaje. Esto es la ética. No se puede escribir un libro sobre ética o, mejor dicho, si pudiera escribirse un libro sobre ética, en el acto se pulverizarían todos los otros libros del mundo. Esto les decía Wittgenstein a sus algo perplejos oyentes que el 2 de enero de 1930 asistieron en Cambridge a su Conferencia sobre ética.

 

 

The End

No, Wittgenstein no se suicidó, murió de cáncer a los 62 años, el 29 de abril de 1951. Fue enterrado en el cementerio de St. Giles, por el rito católico.

 

Rosa Aksenchuk

 

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Comentarios

exelente texto. muy enriquesedor.
saludos.

Anotado por: diego | 27/06/06

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